LA INCREÍBLE SUTILEZA DE KIKI: ENTREGAS A DOMICILIO

Usamos la palabra sutil en el ámbito artístico para definir aquello que en apariencia es simple, pero que en realidad encierra mucha más inteligencia y profundidad de la que se puede ver a simple vista. La película Kiki: entregas a domicilio —o Nicky, la aprendiz de bruja, para el público europeo—, es un excelente ejemplo de sutileza en el cine animado.

Los más familiarizados con la materia me dirán que hay películas más interesantes de Studio Ghibli, y tendrán razón. Pero Kiki es dueña de una virtud sobre la cual no siento que se haya hecho suficiente énfasis.

PRIMERO LO PRIMERO

Majo no Takkyūbin es una película de 1989 escrita y dirigida por Hayao Miyazaki. Se trata de la cuarta película de Studio Ghibli (la quinta si empezamos a contar desde Nausicaä del Valle del viento) y es una adaptación de la novela homónima de la escritora Eiko Kadono.

Trata de una brujita de 13 años que abandona la casa de sus padres para cumplir con la tradición: irse a vivir durante un año a una ciudad donde sus servicios sean requeridos y así mejorar sus habilidades.

Ghibli ya contaba con los derechos de Kiki desde 1987, pero como en ese momento todos estaban ocupados con otras producciones su desarrollo se retrasó hasta que Miyazaki decidió encarar el proyecto con libertades respecto a la obra de Kadono, lo que despertó el disgusto de la escritora, aunque más tarde reivindicó dichos cambios.

La cinta fue un éxito en taquilla y también la primera de Ghibli en alcanzar reconocimiento internacional. Y aunque hoy Kiki no es tan representativa frente a otras figuras del estudio como Totoro o Chihiro, sigue siendo recordada con cariño.

LA PERCEPCIÓN PERSONAL

Todo lo que sé del libro de Kadono es que se trata de una serie de relatos sobre la protagonista mientras que la película optó por un rumbo más lineal y conclusivo. No obstante, soy de la filosofía de “todo lo que se muestra tiene un porqué”.

Kiki cumple con un objetivo difícil de alcanzar: logra que cada espectador construya su propia percepción. Al hablar de ella, siempre me sorprendo de cómo pueden encontrarse nuevas formas de extrapolar esta historia. Interpretaciones diferentes, pero bastante coherentes. ¿Cómo es posible que una narración tan simple pueda evocar reflexiones tan variadas?

Walt Disney dijo una vez que las películas animadas no se hacen ni para los niños ni para los adultos, sino que se hacen pensando en el universo que cada uno guarda en su interior. Aunque estoy un poco cansado de que se catalogue a Ghibli como el “Disney japonés”, esto no significa que no tengan bien presente esta enseñanza.

Una obra se puede analizar bajo diferentes enfoques. Desde su dimensión técnica, narrativa o simbólica; pasando por lo sociológico, lo político, lo ontológico o psicológico. Pese a la visión del artista, la lectura del receptor estará condicionada a su propio interés y nivel cultural.

¿CÓMO AFECTA ESTO A KIKI?

Antes que digan que hay gente que sobre analiza las cosas, el punto es que el límite es uno mismo. Podemos debatir lo acertado o errado de una interpretación (en efecto, hay quien mete la pata bien grande), pero si el otro ve lo que yo no encuentro tan evidente, también conviene plantearme por qué no he de llegar a la misma conclusión.

Están los creadores que introducen su mensaje sin vaselina y quienes son más moderados, dejando a los espectadores la tarea de repensar sus obras basándose en sus propias experiencias. Miyazaki tiene mucho de esto último. Si miramos su filmografía notaremos que siempre ha gustado de jugar con sutilezas. Detalles que no parecen decir mucho, pero que pueden despertar un montón de sensaciones e ideas.

Aunque usualmente entendemos la historia de Kiki como el paso de la niñez a la adultez, Miyazaki no muestra ese camino como un simple cruce de norte a sur, sino que retrata todas sus implicancias: el desapego de los padres, la administración económica, las decepciones y muchos otros condimentos de la vida adulta.

AHORA SÍ, A DESGLOSAR

Cuando Kiki parte de su casa, lo hace llevándose la radio de su padre y la escoba de su madre, decisiones pequeñas que señalan el lazo con los progenitores que nunca se rompe realmente del todo. Cuando Kiki empieza a experimentar sus primeros tropiezos, estos no llegan como una avalancha, sino como oleadas que ponen a prueba su resistencia.

Acciones tan simples como contar dinero o escandalizarse por el precio de un utensilio nos hablan de la dinámica económica del personaje. Una escena que pasa tan desapercibida como no dejarse ver por una figura masculina al ir al baño señala un perfil psicológico donde todavía impera el pudor. Y así podría seguir hasta mañana.

En narrativa existe un principio denominado “el arma de Chéjov”, teoría que establece la no introducción de elementos si no van a cumplir una función. En palabras del autor: “si existe un arma en nuestra historia, esta debe ser disparada en algún momento”; de ahí el nombre.

Entonces: ¿por qué Miyazaki nos hace perder el tiempo con tantos detalles que solo sirven para retrasar la historia? Porque ese es el punto de lo sutil: esconder mucho más detrás. A pesar de tener un hilo conductor, que es la vida ideal contra los inconvenientes de la realidad, la profundidad la aporta el propio espectador.

Mi ejemplo favorito es la relación de Kiki con Tombo. Al principio, el muchacho resulta exasperante para la brujita, pero eventualmente esto va mutando de forma favorable. Cuando ve a Tombo interactuar con sus amigos, vuelve a asumir una postura tosca para luego deprimirse sola en su cuarto. Estos cambios repentinos encierran varias connotaciones: desde no saber administrar emociones como los celos o la baja autoestima, la volatilidad emocional de la adolescencia y hasta el desgaste que genera la vida adulta sobre nuestra capacidad de socializar.

Cuando Kiki pierde sus poderes muchos interpretan la situación como un mensaje de seguir adelante a pesar de la adversidad. Otros han visto un retrato de la vida del artista y su lucha por mantener un equilibrio entre la vocación y la supervivencia —la propia película hace un paralelismo entre el proceso creativo y el oficio de bruja. Algunos se sienten identificados con lo difícil que es empezar y sostener un negocio propio. Y un largo etcétera.

Esto se percibe incluso en los elementos extradiegéticos que trabajan en contraposición continua. En las escenas campestres, el contorno de los personajes es de color marrón, que se ennegrece con el paso a la ciudad. De igual manera la banda sonora, que construye una atmósfera pastoral para luego dar paso a ritmos más acelerados e influencias más modernas. El choque entre lo citadino y lo bucólico es un tema clásico.

Además, entre los cambios introducidos a la obra de Kadono, se encuentra el mover a la protagonista de un entorno japonés a un escenario más europeo. Una clara invitación a viajar con el personaje que no será percibida de la misma forma en su país de origen que en el extranjero.

MENOS ES MÁS

Nunca hay que subestimar el poder de los detalles. Detrás de cualquier gesto, de un hábito adquirido, o de una decisión que parece no darnos demasiada información, puede existir todo un contexto.

Un claro exponente es Jiji, el gato negro confidente de Kiki. La cinta construye un distanciamiento progresivo entre ambos que alcanza su punto más álgido cuando la brujita pierde la capacidad de comunicarse con él. Al igual que Kiki, el felino parte para hacer su vida.

Sin embargo, tras superar su última prueba y recuperar sus poderes, Jiji vuelve junto a ella, aunque sigue sin hablarle. Esa cualidad no la va a recuperar nunca, ya que la escena final señala que Kiki se ha reconciliado consigo misma, aunque el crecimiento es permanente.

Esto se acentúa con la llegada al mundo del bebé de la Señora Osono. Otro símbolo que representa el inicio de una nueva etapa en la vida del personaje, confirmado con los créditos finales.

Kiki es una película que cobra notoria profundidad con un segundo o tercer visionado, justamente porque no pretende llevarnos de la mano; lo que nos orilla a concluir que lo sutil también es belleza.

 


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